miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Qué mente más superflua!

Erase una vez una mente superflua que vivía una vida llena de cotidianidad. Dormía como todo el mundo, se levantaba como todo el mundo, reaccionaba como todo el mundo a un sin fin de momentos cotidianos que le sucedían durante el día y que le daban como resultado otro arsenal de momentos ordinarios, y por último se iba a dormir, con las preocupaciones, dolores, remordimientos, arrepentimientos, angustias y demás sentimientos cotidianos con los que se acostaba todo el mundo. Esta era en resumen la historia suya de cada día. Cualquiera que lo viese desde fuera pensaría “¡su vida y la de cualquiera!”, pero no, esta percepción sería equivocada aunque normal porque era lo que parecía. Pero es que mientras esta mente superflua arrastraba su cuerpo por los días de sus días, sufría de viajes mentales. No se sabe si considerarse un mal o una virtud, pero los sufría. Mientras que la mente superflua presenciaba como protagonista cualquier escena de su vida, su mente flotaba a saber dónde y a saber con quién, y de repente caía en esa situación sin saber dónde estaba, y sin saber con quién. ¡Qué mente más superflua! Le encantaba rememorar historias pasadas, recrear momentos perfectos o superfluar sin más. Cualquier cosa que le alejase de los tediosos deberes ordinarios, las racionales discusiones que lo mismo arreglaban desarreglos que los creaba, las obligaciones, responsabilidades, compromisos,… ¿Cuándo se había convertido su cuerpo en un esclavo de imposiciones externas a sus necesidades y sus locuras? Esta era una preocupación racional que no compartía su superflua mente. A su mente le traía sin cuidado cualquier pesadumbre o atadura que pudiera suponer una piedra atada a su libertad. Su lema era “ si no lo reflexiono, no existe”. Pero en momentos de debilidad, su cuerpo arrastraba a su mente hacia la realidad (así la llamaba su cuerpo) y se producía una eclosión como si batiéramos por unos instantes agua y aceite y en esos instantes, aún teniendo como pruebas anteriores intentos fallidos, creyésemos firmemente en su reconciliación (¡se van a mezclar, se van a mezclar!), el aceite empujaría hacia arriba (¡déjame subir, déjame subir!) y el agua suplicaría socorro (¡no dejes tan insípida mi vida!). Combate entre racionalidad y superflualidad. Una vida con los pies en la tierra necesitaba darle una pincelada de coherencia a esos viajes mentales, necesitaba saber por qué se sentía tan vacía y traicionada por sí misma, e intuía (de las pocas intuiciones que dejaba materializar en una convicción firme) que la respuesta estaba en esa mente superflua, pero al acercarla hacia sí, al tirar de ella e intentar encajarla en su puñetera cabeza, ¡no conseguía entender nada! ¿Qué puñetero entramado de pensamientos era ese? El combate había empezado. A ver, para desenmarañar un nudo hecho de miles de nudos, se debía empezar por el principio pero, ¿qué era el principio? La mente superflua se resistía a ser diseccionada, analizada, desenredada hasta parecer una mente domada cualquiera. La mente disfrutaba de su propio caos, su desorden. Su locura era el único eco de libertad que la separaba del cautiverio de su sumisa e impuesta vida. Cualquier sistema que desenmarañase o lograse entender su manera de superfluar solo conseguiría volverla una mente vulgar presa de una vida vulgar. Mientras que pudiera seguir superfluando, sería libre.

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