- Perdámonos.
- Sí - respondió sin pensárselo dos veces.
Luego cayó en la cuenta: no entendía el sentido de sus
palabras. Había dicho que sí instintivamente, por la confianza que ella le daba,
por la magia del momento, por el aburrimiento de saber siempre donde estaba
exactamente, por la imagen de un remolino de viento y hojas, y sueños y
misterio que le venía a la cabeza cuando pensaba en perderse. Había dicho que
sí porque en este lugar y en este momento ya se había encontrado a sí misma
hace ya tiempo y hace ya tiempo no se gustaba. Pero no sabía que quería decir ella con perderse, no sabía si se irían a otro lugar sin mirar atrás, no sabía si
tendría que cerrar los ojos y dejarse llevar, no sabía si tendría que buscarse
un nuevo nombre y al perderse nadie la podría llamar para volver porque nadie
sabría su nuevo nombre. No sabía si cambiaría de casa y no apuntaría su nueva
calle, y al regresar se perdería por esa nueva ciudad y deambularía sin poder
preguntar, porque no sabría a dónde iba. No sabía si estando perdida
encontraría a nuevas personas que no la conocían, y aún así la ayudarían a
encontrarse. No sabía que pruebas habría de pasar en aquel lugar desconocido, y
que nuevas destrezas descubriría al intentar desenmarañar aquella espesura que
la haría andar desorientada. Había dicho
que sí, pero no tenía ni idea de a dónde le llevaría su respuesta. Solo sabía
que si simplemente la idea de perderse le había hecho florecer todas estas
inquietudes, perderse sería mucho mejor que quedarse aquí. Significase lo que significase.
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