Él estaba sentado en el suelo, con los pantalones llenos de
polvo, las zapatillas y las uñas llenas de tierra y el alma enganchada con
raíces al suelo. Ella se columpiaba muy alto, poco preocupada de que su falda
se levantase bailándole al viento, el pelo pegado a la cara y con un agradable
vértigo en el estómago.
Él pasaba las manos por la tierra, se ensuciaba a propósito, la golpeaba para oír el sonido sordo que le confirmaba que pisaba sobre algo sólido, se sentía atraído hacia el calor que desprendían las piedras, hacia el olor a hierba, hacia la vida que alcanzaban a ver sus ojos. Todo lo que necesitaba estaba ahí, al alcance de su mano, una seguridad aplastante dentro de él se lo decía. Estaba lleno de vitalidad, todo era muy real, todo lo que tocaba le daba fuerza, no tenía miedos absurdos, vivía su realidad, disfrutaba de ella. La estaba viendo, no había que temer.
Ella se impulsaba muy fuerte con sus livianas piernas. Se
impulsaba una, dos, mil veces. Tenía las piernas entumecidas, tanto que si no
se las miraba podía pensar que no las tenía. Echaba la cabeza hacia atrás y
miraba el cielo azul. Estaba volando, sí, volando. No era una niña, era un
pájaro, estaba segura. Respiraba muy fuerte, sentía un placer que le hacía estremecerse al sentirse llena de ese frío elemento invisible. Solo se soltaría si el
impulso la llevase hacia arriba. Se soltaría, sí, pero solo en ese preciso
instante. No había nada más en el mundo que mereciese la pena que volar
buscando las nubes. No sabía si llegaría tan alto, pero la única opción que
había era intentarlo. No había nada más.
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