El niño miraba a la niña desde el suelo. Estaba tan cerca
que cuando ella subía tenía sus pies sobre su cabeza y le tapaba el sol
haciéndole sombra. Ella no miró hacia abajo. Ni una vez. Pero él no paraba de
mirarla balanceándose una y otra vez mientras manoseaba la tierra que tenía
cerca. Le transmitía mucha paz verla. Parecía muy ligera, su falda y su pelo
moviéndose arriba y abajo pero con su propio ritmo la daban un aspecto muy
ligero. Los ojos del niño ni siquiera reparaban en las cuerdas que la agarraban
a la tierra, pensaba que la estaba elevando el viento. Le aliviaba sentir el
aire que le traían sus movimientos, no sabía porque, pero le hacían sentirse
parte de ese vuelo. Porque él lo sabía: no era una niña, ella era un pájaro.
Tenía que mirarla todo el rato porque en cualquier momento ella despegaría por fin,
y la única posibilidad de que lo llevase con ella era que se diera cuenta de
que la estaba mirando. Si le mirase ella sabría al instante que él sería pájaro
por ella.
La niña se sintió turbada en su vuelo. No había mirado
directamente hacia abajo, pero la imagen del niño se había colado en su campo
visual sin quererlo, y había roto su preparación para el despegue. Ahora
tendría que empezar desde el principio. Pero ya no podía concentrarse. Miraba
sin mirar a ese niño de la tierra. No sabía si él la estaba mirando, pero no
podía arriesgarse a perder toda la concentración. Sus ganas de balancearse
empezaron a menguar. ¿Qué estará haciendo ese niño allí sentado? Al menos no
estaría tan cansado como ella de impulsarse. Quería bajar. Pensó en decirle que
se subiera con ella, pero no, ya no quería estar allí, quería bajarse. Cada vez
se balanceaba más despacio, el aire no corría tan deprisa y por tanto, el frío
y el vértigo ya no la acompañaban. No merecía la pena, solo quería bajar.
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