“Mi Señor, mi Señor, mi Señor...
Y yo que no soy nada
más que vida enlatada
te encomiendo
me des alma
ilusiones, sueños, calma.
Y yo que soy vacío
líbrame de los hastíos
de la muerte, de los fríos
de los lunes en los castillos.
Y yo que nunca estuve
ni en tus planes, ni en tus nubes
quiero ser materia y no querube
pompa que se queda y no sube.
Pero no me dejes solo
cuando sea tu soldado
dame flores y ruletas
relojes y bicicletas.
Y una mujer
que llene la vastedad
de este paraíso de cristal
una amante de ojos grises
de pechos grandes
y labios felices.”
Y yo que no soy nada
más que vida enlatada
te encomiendo
me des alma
ilusiones, sueños, calma.
Y yo que soy vacío
líbrame de los hastíos
de la muerte, de los fríos
de los lunes en los castillos.
Y yo que nunca estuve
ni en tus planes, ni en tus nubes
quiero ser materia y no querube
pompa que se queda y no sube.
Pero no me dejes solo
cuando sea tu soldado
dame flores y ruletas
relojes y bicicletas.
Y una mujer
que llene la vastedad
de este paraíso de cristal
una amante de ojos grises
de pechos grandes
y labios felices.”
Esa calada le entró como mierda que curaba. Esa cuchilla
caliente que entraba aliviando la tensión de sus cuerdas, que le daba espacio
para subir, que le hacía ennegrecer todo lo que en ese momento existía
realmente y ya solo podía ver sin luz lo que se podía llamar felicidad de
instante.
Los lunes por la mañana se sentía embotado, enlatado.
Sentía que los lunes no tenían sentido, que deberían desaparecer. Y los futuros
martes que fuesen nuevos lunes, y así los miércoles y los jueves. Debería
existir una habitación en la que te pudieras acostar y al despertar hubieran
desaparecido los días. Rezaba a Dios cuando pensaba estas cosas. Se odiaba
tanto pensando estas cosas que olvidaba que detestaba a Dios y le rezaba. Le
rezaba sin palabras, sin plegarias. Le rezaba por amarrarse a algo, por no
desaparecer entre el humo que le hacía ascender y sus deseos de remolinos de días
absorbiéndose en la nada…Deseaba pesar, deseaba tener dentro algo que pesara lo
suficiente para mantenerse amarrado a esta puta vida que detestaba. Era capaz
de pedir todo esto a Dios sin palabras. Y Dios se lo concedía. Sabía que no
creía en Él, sabía que cada lunes le pediría lo mismo, y cada martes haría
todo lo posible por no merecerse la bendición que le otorgaba. Pero aun así se
lo concedía. Le convertía en una materia pesada…más pesada…y poco a poco sentía
calma, sentía calor…sentía que se aferraba a la vida, sin motivos, como algo
que no tenía mucho sentido, pero seguía.
Se levantó, arrastró sus pies por el cuarto, arrastró todo
lo que encontraba a cada paso sin darle más valor que el impulso con el que lo
pudiera apartar. Se acercó a la ventana y, al abrirla, el mundo le dio de leches
en la cara. Como un escupitajo, el aire no viciado de la calle le dio los buenos
días y le ofreció ese mundo que no quería. Esto es lo que hay. Todo se movía
ahí afuera sin ningún sentido, sin ninguna explicación. Ninguna bicicleta
paraba a explicarle dirección, ningún reloj le proporcionaba la hora exacta.
Perdido en un mundo que se reducía a su habitación y al cartel que ofrecía su
ventana. Completamente perdido. ¿Por qué Dios respondió atándole un día más a
un mundo que no le quería, que no le asignó un hueco, que le obligaba a buscar
algo dentro de sí mismo que le vinculase a toda esa mierda? No, no quería
encontrarlo. Se tumbó en la cama, se puso los cascos y ennegreció otra vez la
realidad con el humo de un canuto.
Soñó que andaba por un parque de noche. Andaba solo porque
no podía haber nadie más. No sabía porque razón solo él podía estar allí.
Andaba mirándose las zapatillas, esas roñosas zapatillas llenas de historias.
Cada paso era acertado, pero no firme. No hacía ni frío ni calor. Ni se
escuchaba el silencio, ni se escuchaba ruido. Las manos en los bolsillos le
hacían sentir sus dedos muy presentes. Un escalofrío apretó su cuerpo desde sus
codos hasta su pecho y le hizo levantar la mirada. Sentada en un banco había
una muchacha. Relajada, pensativa. El pelo le caía por los hombros, la frente y
acariciaba sus mejillas. Sus labios eran hermosos, pero vacíos, huecos. Quería acercarse
a ella, pero no sabía para qué. Para sentir algo. Quería acercarse a ella y
sentir que podía rellenar esos labios… pero en el fondo de su ser sabía que,
por mucho que lo deseara, no había nada con que rellenar esos labios…
“Una mujer,
no una marioneta.
Un ser,
no una silueta.
Una compañera,
no una muñeca.
Créala Señor
no me dejes solo
odio los espejos
y sus reflejos.”
Se despertó escuchando estos últimos versos y sin pensarlo
ni remediarlo se fue hacia el baño y se miró al espejo…si encontrase la manera de llenar esos labios vacíos…
¿cambiaría en algo este estúpido reflejo?
https://www.youtube.com/watch?v=tTR_v7dRvzE
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