No sabía cuánto tiempo llevaba mirándola, el tiempo solo se
podía medir por el número de sus balanceos, el tiempo se concentraba entre el
subir y el bajar de cada impulso y se volvía a repetir, el tiempo se había
convertido en esa repetición que parecía eterna, pero no cansada. Y en un
instante todo pareció cambiar, ella bajó su mirada con un leve movimiento,
insignificante, casi imperceptible, un gesto que solo ellos agarraron, que solo
ellos percibieron, y todo cambió. La niña se impulsó por última vez desde el
columpio, soltó sus manos de las cuerdas y flexionando sus rodillas cayó de pie
en la tierra. Fue un salto seguro, sus dos pies se posaron sin vacilar y
sacudieron la tierra, levantaron algo de polvo y causaron ese ruido sordo que
confirmaba su peso y su firme posición. El niño la miraba emocionado, ¡ella
había rechazado su vuelo! ¡Había preferido caer!
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