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- Tío, ¿por qué sigues enganchado a toda esa
mierda?
- -
Cada uno se engancha a la mierda que quiere.
- - Ya, pero es que tú estás enganchado a todas las
putas mierdas.
Me miraba con su cara de despojo humano como si yo fuera una
clase de despojo humano peor. No sabía porque estaba enganchado a todas esas
mierdas, pero no podía dejar de desearlas. Todo el mundo vivía con una única
preocupación. Estaban tiradísimos, desesperados y con un hambre atroz siempre
de una ración más. Pero solo era eso. No había más. Ni más complicaciones que
luego se mezclaban unas con otras y hacían salir enormes bolas de mierda, ni
nada. Solo eso, su chute. Esa era su vida, sin más. Una vida jodida, pero no
muy complicada. Sin embargo yo tenía una miserable y complicada vida de yonqui
de la vida. Así me decían: yonqui de la vida. Que les jodan. Bueno, más bien
que me jodan a mí. Pero es que no tenía elección. Me empezaba preocupando
porque Lisa no me llamaba, después me preocupaba el preocuparme de eso, pues
era señal de que mi vida era triste y vacía sin ella, entonces me empezaba a
preocupar de tener una mierda de trabajo, de que mis padres no me hicieran puto
caso, de que no tenía dinero para esto, para lo otro y encima mis amigos todo
el día dándome la barrila de que me desenganchase de esa mierda y me metiera un
puto chute. A veces me lo pensaba, me lo pensaba durante noches enteras. Un
chute y mi vida cambiaría. Pero no podía. Sería como todos los demás: una única
vida, una única preocupación. Tenía su lógica, parecía que con una bastaba para
tan poco tiempo. Pero yo deseaba todas las demás. Bueno, tampoco era que las
deseara, no quería todos esos problemas, simplemente mi naturaleza yonqui me
hacía proclive a que todas las garrapateras historias jodidas me chupasen el
cuello. Y si no tenía suficiente, era especialista en retorcerlas para que todo
fuese jodidamente peor.
Mi madre lo pasaba mal; bueno, en la medida de sus
posibilidades. La mayoría del tiempo andaba tan colgada que no creo que
recordase que tenía un hijo. Pero en sus momentos de jodida consciencia no
perdía la ocasión de darme la chapa. Sus palabras eran sinceras, pero no me
llegaban. No me llegaban porque en ellas no había ni el mísero asomo de que me
entendiese, ni de que me intentase entender. Para ella todo resultaba tan
fácil: para adentro y fuera. No entendía mis inquietudes, mis agarrados
sentimientos, no entendía que no era cuestión de elección, ni de dejarse
ayudar: simplemente yo no podía dejar atrás mi vida y borrarla como si nada
hubiera pasado. Al rato ella estaba flipando otra vez y no recordaba ni lo que
me había dicho: entonces era cuando más
la echaba de menos. Jodida vida. Ojalá pudiera ser como ella quería, ojalá todo
fuera tan sencillo. Pero yo necesitaba sentirla, no podía simplemente volar.
Mi padre era diferente. Él enfurecía hasta un nivel propio
de un orangután furioso o un guitarrista machacando el instrumento en pleno
momento de éxtasis. Exagerado. Cuando por fin me veía no me podía ni ver. Para
él yo era un ser miserable y blando incapaz de meterme la jeringa en el puto
brazo y dejar de llamar la atención. A veces creía que era fruto de la
vergüenza que yo le daba. Otras estaba seguro que era simplemente la cara que
daba su síndrome de abstinencia cuando mi cara se cruzaba en su momento más
duro. Todos sus sentimientos hacia cualquier elemento externo eran reflejos de
los que sentía hacia él mismo. No creo que su cuerpo reconociese cualquier
atisbo de vida ajeno a él. Así de simple. Yo sin embargo debía de enfrentarme a
mis reacciones, a los sentimientos que me llevaban a comportarme así, a buscar
el por qué de la relación con mi padre, a encontrar una solución,… Cada
acercamiento, cada pensamiento sobre el tema traía consigo toda esta corriente.
Duro de llevar. Mi padre solo tenía dos posiciones: bien o mal. Exageradamente
bien o exageradamente mal, dos picos en la línea recta de sus emociones.
Plano…pico, plano…pico. Se podía tirar horas en plano y cuestión de 30 segundos
en pico. Y ya está. Debería de intentar ser como él. Pero la verdad es que me
da pena el cabrón.
Lisa… bueno Lisa es diferente de explicar. Antes de Lisa
todas las tías pasaban de mí, o yo pasaba de todas las tías. No sabía muy bien
cuáles eran las reglas de ese juego. Yo era un yonqui de la vida y siempre
creía que era poco para ellas, o creía que ellas lo pensaban así. Pero para mí
todas ellas eran igual, un rebaño de enganchadas incapaz de entender más allá,
de ver más allá. Aunque debo de reconocer que yo era difícil de entender. Todo
me parecía poco, y poco me parecía mucho. Yo las quería querer, las quería
conocer, las quería tener muy cerca, las quería hablar al oído, las quería
tocar con suavidad y a veces con fuerza, las quería coger de la mano y las
quería impulsar hacía arriba. Pero ninguna quería estas complicaciones, ninguna
las entendía, me cuesta creer que alguna las hubiera llegado a escuchar
siquiera. Todas eran para mí las mismas colgadas. Pero un día apareció Lisa, y
me pareció que me entendía, que comprendía lo que me pasaba, que no le
importaba que yo fuera un yonqui de la vida, que buscaríamos el equilibrio,
porque ella no me intentaría cambiar, aunque pensara que era lo mejor para mí,
dejaría que esa decisión fuese mía. Yo intenté creer en esto. Y empecé a
quererla, a conocerla, a tenerla cerca, a hablarla al oído, a tocarla a veces
con suavidad y otras con fuerza, a cogerla de la mano y a impulsarla hacia
arriba…pero ella no subía. No quería subir. Y cada vez la sentía más lejos, y
me daba cuenta que nada de lo que hacía por ella la hacía subir, ni sentir,
porque estaba tan enganchada al caballo que había perdido su capacidad para
sentir. Y me vi a mi mismo tirando de una cuerda rota, y yo sabía lo que tenía
que hacer para estar cerca de ella… pero no podía. Me lo planteé muchas veces,
muchas más veces que ninguna otra vez, pero no podía, la vida era mucho más
fuerte que yo… entonces supe que me había pasado, que me había pasado lo que
siempre tanto temí. Me había enamorado perdida e irracionalmente por un tipo de
persona a la que siempre había detestado. Ella no era nada de lo que yo
deseaba, ella era como todas las demás. Y allí estaba yo, amándola, intentando
hacerla sentir, que viniese conmigo,… intentaba sin quererlo hacerla daño. Pero
ella estaba muy enganchada, y nunca cruzaría la línea. Solo yo podía hacer algo
para estar juntos, debía desengancharme de la vida para estar junto a ella, y
lo quería hacer, lo hubiese dejado todo por ella… pero mi adicción era tan
fuerte que prefería sentir el dolor de querer a esa persona, el dolor de
quererla a pesar de ella, el dolor de saber que era mejor para ella dejarla ir:
prefería sentir todo eso a no sentir.
Cuando todo es tan complicado la gente echamos un brazo a un
lado sin mirar, esperando encontrar un contacto, y cuando, sin quitar la mirada
de enfrente, sientes ese vacío, ese hueco que debería estar lleno, ese aire que
lleva tanto tiempo solo que se quedó frío, pierdes el equilibrio por unos
segundos, porque confiabas en que habría alguien, confiabas tanto que cuando
estiras el brazo vas con todo, y cuando vas con todo y no te encuentras nada…
joder. Porque por muy mal que vayan las cosas siempre piensa uno que al echar
el brazo quedará alguien: alguien que esperas, alguien que jamás hubieras
esperado, alguien que se apena de verte así, o alguien obligado. Esperas a
alguien. A cualquiera. Pero cuando mirando al frente sientes que donde estiras
el brazo solo hay frío… joder. Esos segundos de desequilibrio te sirven para
pensar… Más que para pensar para despensar. Para despensarte de todo lo que
creíste tener, y no tienes.
Nunca estuve particularmente solo. Particularmente. Con
particularmente quiero decir que no soy de estas personas que dice: me gusta la
soledad, soy poco sociable y nunca tuve muchos amigos. Nunca pensé algo así de mí.
Bueno, creo que lo pensé pero nunca me lo dije. Siempre fui el único que estaba
enganchado a la vida. Todos los demás eran iguales. O diferentes. Según desde
dónde se mire. Esa es la herramienta medidora: el lugar desde el que se mire.
Desde mi isla todos eran diferentes a mí, y básicamente eso era lo que me hacía
estar solo. No particularmente solo pero, a fin de cuentas, solo.
Era una de esas tardes en las que tirado en el sofá la
amistad se te antoja un concepto lejano y frío. Yo miraba la ventana queriendo
creer que las gotas se estrellaban fuerte en el cristal de las mismas ganas que
tenían de sentarse a mi lado. Podría haberlas dejado pasar, pero prefería estar
solo. Miré al techo y pensé en el significado de aquel momento. ¿Qué lógica
tenía esa masa blanca sobre mi cabeza? Pero no significaba nada, no tenía por
qué estar ahí, no tenía un por qué y, aún así, allí estaba. Así era de
aplastantemente natural la realidad. Yo quería darle más significado del que
tenía. La quería dar causa, la quería dar sentido, la quería facilitar la vida
poniéndole una meta. Pero no la encontraba… o no la tenía. A lo mejor sí que la
tenía. A lo mejor todo el mundo llevaba razón y yo estaba buscando una solución
que estaba escrita en mis narices desde hace mucho, desde siempre. ¿Por qué
tenía que complicarlo todo tanto? ¿Por qué no podía aceptar lo que me daban? Me
miré el brazo y deseé que estuviera lleno de marcas, deseé que ya hubiera
empezado para no tener que tomar nunca más la decisión. Pero la decisión no
estaba tomada, mi brazo estaba limpio y yo seguía queriendo ser feliz de la misma
manera que nunca había logrado serlo. Como quien intenta romper la pared a base
de cabezadas y acaba rompiéndose la cabeza. Me vino una imagen muy nítida:
cristales esparcidos por el suelo, la ventana rota, mi cabeza ensangrentada y
miles de gotas aliviándome con su frescor posadas en mis heridas. Sonreí,
parecía una escena bastante feliz.
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