
Viajaba en un autobús sin tener clara la dirección, ni si llegaría a dónde pretendía llegar. Por la ventana vi el mar, gaviotas y nuevos barcos mostrando su limpio esqueleto de madera. El paisaje de repente cambió, y en contraste con el verde y frondoso escenario que me brindaban casi siempre las ventanillas de Ecuador, apareció una seca extensión de árboles pelados de tronco verde. Árboles verdes. Verdes. Pensé en los millones de árboles que pintaron y pintan los niños de todo el mundo con tronco marrón. Y yo ya solo quería pintar todos mis árboles de color verde. Me fijé en cada uno de los que me daba tiempo a enfocar. Muchos de ellos se erguían robustos con forma de mujer. Eran absolutamente maravillosos. Yo ya solo podía pensar en pintar esos abombados árboles con firmes brazos y senos verdes de mujer.
Sabía que tenía que pintarlos, pero no lograba descifrar las frases que se escondían dentro de aquellos árboles. Sabía que su excepcionalidad tenía una historia que yo quería encontrar. Cuando por fin encontré el momento y los colores, lo dibujé. Dibujé ese árbol tan verde como el reflejo que había dejado en mi mente. Un pringoso y brillante verde árbol. Pero allí no llegaron sus palabras. Tenía el árbol, pero no lograba plasmar su esencia.
Y entonces ella me lo dijo. Fue tan sencilla en sus palabras que todo quedó claro. No era un dibujo lo que yo buscaba, ella lo sabía. En un simple dibujo no captaría el alma de su verdad, porque con el dibujo yo debía pintar su leyenda. Era un dibujo leyenda.

Ella sabía antes que yo la historia que encontraría. Sin haber visto el árbol, sin haberlo sentido…pero yo sé que lo vio y lo sintió, porque a veces soñamos lo mismo, aunque no nos lo hayamos contado…
Hubo una vez una india rubia. Una india con una larguísima cabellera dorada que recogía en una trenza. Ella no nació india, pero nació tan libre que solo encontró el camino que pisaría decidida siendo india. Y es que, además, ya había sido india una vez. Y esa vez sí que nació india. La india de tez blanca y dorada trenza creció entre árboles y agua. Paseaba entre aquellos árboles preguntándose por sus propios colores. Rozaba con sus manos las cortezas marrones pensando en cientos de colores. Pasaba sus manos por todos, por cada uno de ellos mientras su mente jugaba con ceras de colores. Sus dedos se impregnaban de natura y, cuando los frotaba entre ellos, al suelo caían briznas de color verde. Y aquí llega el guiño. Cuando la hermana de la india de su siguiente vida cayó en aquel lugar remoto del mundo, los vio. Vio esos verdes árboles y al instante supo que escondían algo para ella. Aquellos árboles solo pudieron haber salido de aquellas briznas libres, aquellas briznas que una mujer pensando en colores repartió como semillas.
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