Dicen que la vida gira, gira y gira y no para para nadie. No
espera a que pienses la opción correcta. No espera a que todo esté resuelto
para que puedas coger impulso otra vez. La vida gira arrastrando tristezas y
amargos momentos. Errores, decisiones precipitadas y también en caliente.
Cuestiones sin resolver que nublan tu mente. La vida gira y es difícil deshacer
recuerdos. La vida gira y siguen pesando las ausencias. Todo se desenvuelve con
un amargor nostálgico, con un empalagoso poso que dejó un mal remordimiento.
Hasta el día que dices basta. Hasta el día que asomas la
cabeza y el abismo es tu mejor visión. Hasta el día que decides partir.
Dio la noticia uno por uno, a cada uno que le importaba.
Hizo las maletas, viendo cuántas cosas le quedarían atrás, cuántas cosas que se
negó a tirar y ahora ya no tenían sitio en su maleta. Jamás la tendrían ya.
Antes de tomar la decisión todo parecía muy sólido para dejarlo atrás. Todo tan
sólido y ese futuro tan incierto… El piso temblaba solo con pensar en el día
que tendría que partir… pero una vez que tomó la decisión, sus piernas se
armaron firmes y decididas hacia ese nuevo mañana. Ese mañana que no se
parecería a ningún otro.
En el andén suspiró sus últimos adiós, sus infinitos te
quiero. Miró a esas caras que nunca se tomó el tiempo de memorizar porque las
veía tan a diario que dedicarlas ese tiempo nunca pareció necesario. Las miró
pensando que el tiempo pasaría despacio o deprisa, pero pasaría, y la próxima
vez sería nunca, dentro de tantísimo o posiblemente mañana. No se decide la
velocidad en la que navega el tiempo.
Se encaminó hacia ese tren, hacia su propio tren. Subió el
escalón con una tristeza arraigada, con una alegría contenida, estirando una
cuerda que no le dejaba volar tranquila. Y en el último impulso, con ese último
paso desde el piso hacia el primer escalón del tren, sembró algo. Sembró el
coraje en esas miradas, sembró la inquietud, la duda, la incertidumbre. Sembró
novedad y miedo. Sembró caos y esperanzas.
Partió ilusionada y temerosa. Pero partió. Y en ese
instante, el mundo paró por una fracción insignificante de tiempo. Se paró para
coger impulso, porque él sí puede hacerlo. El mundo no para por ninguno de
nosotros, pero se toma estos minúsculos lapsos de tiempo para agarrar la
energía que produce una decisión arriesgada, una monotonía rasgada, un paso
firme en el suelo bajo un tren, y le concede ese pequeño homenaje. Se detiene.
Y a partir de ese momento la vida ya no es lo que era, lo que fue. El mundo se
paró y la vida ya es otra cosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario